Tiempos y espacios en el turismo del siglo XXI… hacia el ciberturismo
Autor: Alfonso González Damián
Es un trabajo realizado donde trata al turismo desde una perspectiva sociológica, donde plantea que la estructura territorial del turismo convencional –sitios de origen y destino turístico- se esta modificando debido a la llegada de las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC). Esto traerá como consecuencia una transformación en los tiempos en los que se realiza la actividad y los significados sociales que se les atribuyen al rol del anfitrión y el turista.
Plantea que aún hoy lo que caracteriza a la actividad turística, son los viajes desde un sitio de residencia habitual hacia otro de destino temporal, en los que a partir de la interacción de dos entidades, turista y anfitrión, pero que en los próximos años, estas estructuras territoriales cambiarán en la medida en que cambie la naturaleza del turismo.
Propone como marco de análisis sociológico, con una exposición detallada de la relación turista-anfitrión. De este marco se deducen los elementos fundamentales que caracterizan hoy la relación turística, en dos categorías: espacio y tiempo.
Por último se hace una previsión del rumbo que podría tomar la actividad para transformarse en algo nuevo que bien podría denominarse ciberturismo.
Plantea que el enfoque que le dan algunos autores al análisis más que explicativos de la actividad son límites cuantitativos que tiene como finalidad llevar la contabilidad de los viajeros turísticos, diferenciados de los no turísticos.
Para esto cita al autor Luís Lavaur (1974), el cual propone una mirada de la actividad desde el origen del vocablo, tour en inglés tomado del latín tornare, que hace referencia al “grand tour” del S XVI y XVII, que realizaban los jóvenes aristócratas ingleses por el continente, especialmente por Francia e Italia. Este viaje era con el fin de complementar sus estudios a través del intercambio cultural.
A partir de esto expone que: “el turismo tendría tres componentes fundamentales que le diferencian de otro tipo de viajes: la masificación, la libertad -ocio como “otium”- y la finalidad de conocimiento mediante la observación.” Siendo esta la postura privilegiada para caracterizar al turismo, centrado en las actividades que realiza el viajero (Hiernaux, 2000).
A partir de mediados del siglo XX, en donde se dejo de ver al turismo desde este punto de vista, centrado en la actividad desde el viajero, se comenzaron a introducir las preocupaciones por los impactos que ya no necesariamente eran beneficiosos para la población residente. Ampliándose la visión e incorporando nuevos elementos explicativos de la actividad.
Así, se ha analizado desde diversas perspectivas disciplinarias, Jafari (1981), el turismo involucra hoy temas diversos, cuestiones de naturaleza diversa, pero que en conjunto refieren algún elemento de la relación turista – anfitrión (Smith, 1992), de las actividades (Leiper, 1990; Farell, 2004), de cada uno de ellos como tales y de sus evidencias en el tiempo y el espacio (Dann, Nash y Pearce, 1988).
El turismo desde una perspectiva de sociología fenomenológica
El turismo como fenómeno social se identifica mediante el desempeño de dos roles fundamentales –turista y anfitrión- Ambos son construcciones sociales, en el sentido de que actividades, actitudes, prácticas, significados, representaciones, códigos y pautas de conducta que identifican a cada rol, son idealmente compartidos por diversos individuos a lo largo de diversas comunidades. Por esto los roles “existen” independientemente del individuo que lo desempeñe. Son tipificaciones de lo que son los individuos.
El rol de turista sólo se puede asumir en el nivel individual a partir de la interacción con algún anfitrión, sea algún individuo, grupo de personas, organismo o empresa, incluso con la simple presencia del turista en un espacio que se reconoce como propio de Otros. En general, el rol de turista es una tipificación de las acciones que lleva a cabo un individuo de frente al anfitrión.
Por esto la actividad turística no es otra cosa sino la construcción social de la relación entre ambos roles.
El turismo surge de las interacciones tipificadas entre individuos que prefiguran, desempeñan, prevén o suponen los roles de turista y anfitrión. Desde esta perspectiva, el turismo es una construcción social, cuyo carácter histórico está ligado a la forma en que la sociedad da sentido a ambos roles y a la interacción entre ellos, por lo tanto adquiere significados distintos en función del contexto histórico temporal y espacio territorial en el que se ubique. Por lo que no es otra cosa que un producto de la sociedad, aunque debería decir con mayor propiedad, que los “turismos” dependen de las diversas construcciones sociales de los roles de turista y anfitrión en diversas comunidades y se reconstruyen, se recrean, se reproducen con cada momento de interacción.
En el rol de anfitrión, se incluye a distintos actores sociales (González Damián, 2003); en primera instancia quienes desempeñan el rol de manera activa, con el conocimiento de que su rol como anfitrión se desempeña en la interacción turística: son los que participan activamente en la interacción y son concientes de su rol.
Por su parte, están también los anfitriones pasivos, quienes propiamente no desempeñan un rol que les identifique como tales, sin embargo son quienes se constituyen como el espejo, el Otro frente al que se identifica el turista. Se trata de los habitantes del sitio de destino turístico.
En el rol de turista, se incorporan todos los viajeros que abandonan temporalmente su sitio de residencia habitual y se trasladan a otro, en el que propiamente desempeñan este rol.
Propone un análisis detallado del rol de turista, se observa que se desempeña en distintas formas típicas, dependiendo de las actividades realizadas y la forma en que se establecen las relaciones con el mundo de vida de los anfitriones. Una clasificación que presenta la diversidad de posibilidades en estas relaciones, es la de Smith (1992) quien habla de turistas integrados y no integrados o aislados, dependiendo del grado en que se relacionan con los anfitriones y la cultura local. En un extremo se encuentran los totalmente integrados -aventureros, mochileros- y en el otro extremo se encuentran los turistas que aunque visitan un destino turístico, lo hacen en una suerte de “burbuja protectora”, aislada de las normas, costumbres y cultura local, en apartados servicios creados exclusivamente para ellos, que operan de la forma en que acostumbran en su sitio de residencia.
Comunidades de turistas y comunidades anfitrionas, sus manifestaciones.
El rol de turista es un concepto compartido por diversas sociedades, sin embargo sólo se cristaliza en el momento en que los individuos lo asumen y es reconocido por su otro correspondiente, el anfitrión. En tanto que la comunidad de vida, en la que se establecen realmente las relaciones turista-anfitrión es en la comunidad de vida del anfitrión, en los sitios que se denominan destinos turísticos. Por lo que las comunidades de vida de los anfitriones se transforman en sitios de destino turístico a partir de la presencia de turistas, de forasteros que asumen el rol de turista.
Los territorios del turismo son aquellos en los que se manifiesta el turismo, a partir de las prácticas de anfitriones como anfitriones y de los turistas como turista. Los anfitriones, quienes residen en una localidad visitada por los turistas, perciben como territorios turísticos en su propia ciudad a aquellos sitios en los que se reúnen los turistas: las playas, los parques naturales y recreativos, las plazas públicas, los centros comerciales, los hoteles, los restaurantes de cierta calidad “turística”, los aeropuertos, las terminales de autobuses. No todos los espacios son compartidos por el anfitrión con el turismo, existen amplias zonas de la ciudad o pueblo que no consideran como territorio del turista. Estas percepciones de la ciudad como propia, de “nuestro” espacio se van formando con la vida cotidiana, a partir de la experiencia diaria.
Por su parte, para los turistas, el territorio turístico es percibido como aquel por el que libremente puede recorrer la ciudad. Incluye a aquellos sitios en los que el turista desarrolla alguna de las actividades propias de su viaje: alojamiento, alimentación, descanso, recreación. Se le presenta como un paisaje ajeno, pero que puede disfrutar durante el tiempo que dure su estancia, y que se extiende al territorio que recorrió para llegar al sitio de destino: los caminos y vías terrestres, aéreas y acuáticas que debió transitar para llegar. Este conjunto de espacios se transforma en imágenes y momentos que serán evocados como parte de la vivencia del turista sobre el sitio visitado. Son en suma los elementos que forman la imagen con la que el turista identifica el sitio al que viajó. Estas imágenes pueden o no corresponder con lo que el anfitrión supone, o con lo que venden los mercadologos del turismo.
Hay espacios que físicamente coinciden, sin embargo, la forma en que son comprendidos, recorridos, así como los significados que les son atribuidos por parte de los anfitriones o los turistas, los hacen mucho más distintos de lo que a simple vista pudiera parecer, en este sentido existen asimetrías en la forma en que se caracteriza el territorio turístico, sea desde la perspectiva de una o de otra de las partes. Es por ello que muchas veces, el beneficio que puede o no recibir una comunidad a partir de la presencia del turismo resulta poco tangible.
El tiempo del turismo, el tiempo del turista, el tiempo del anfitrión
El turismo se construye en la interacción entre los roles de turista y anfitrión, se efectúa para el turista durante su tiempo de descanso y para el anfitrión en su tiempo de trabajo.
Plantea esta distinción de los tiempos desde el concepto occidental de que el tiempo de trabajo es el que estructura la vida cotidiana de los pueblos y sus individuos. En el tiempo de descanso, relativamente marginal aunque creciente en los últimos dos siglos, es en el que se origina el rol de turista. Desde la interacción entre ambos roles aparece el encuentro entre ambos tiempos de descanso y trabajo.
Propone un análisis del tiempo del turismo como construcción social desde tres momentos: el de prefiguración, el de la interacción cara a cara y un tercer momento de estructuración.
El primero, tiene una orientación hacia la internalización de la realidad, hacia lo subjetivo. Tiene que ver con los momentos en los cuales no hay presencia física de la entidad alterna a cada uno de los roles en cuestión.
Cuando el turista no está presente frente al anfitrión, éste construye su realidad cotidiana con la perspectiva de que en el futuro se encontrará con el turista. Las actividades que realiza el anfitrión, que le confieren una identidad como tal, provienen de un acervo social de conocimiento que es compartido por otros anfitriones y cada individuo las asume desde su historia personal, pero también desde la historia de su comunidad de vida.
En el caso del turista, también se da este momento de prefiguración del turismo, este momento no exige la presencia física del anfitrión, de hecho ni siquiera exige la realización de un viaje. El solo hecho de que el individuo tenga la previsión de realizarlo y por tanto, de establecer interacciones con anfitriones, es lo que caracteriza a este momento.
El segundo momento, es el que en la práctica da origen al turismo, de hecho es el punto de origen de la realidad socialmente construida, la interacción cara a cara entre individuos. Es el momento en que los roles dejan de ser subjetivos y son asumidos en la acción individual. Es el momento culminante del turismo, pues aunque fugaz, es el momento en que se presenta con carácter objetivo en el mundo de la vida de cada individuo participante y su evidencia se da en el tiempo presente. Las interacciones son múltiples y cada una de ellas persigue un fin distinto, por lo que cada individuo acude a un cúmulo de tipificaciones que se hacen evidentes en el uso de símbolos, lenguaje, actitudes y acciones que son tomados desde el acervo con que cuenta cada uno. Es un momento pre-estructurado, que es a su vez estructurante, puesto que con cada interacción, los individuos aportan elementos novedosos y que tienen que ver con el nivel de la conciencia individual y con el contexto en el que sucede la interacción.
La interacción turística se da en el turismo moderno, post-industrial, en los sitios de destino turístico, por lo que exige que el turista haya realizado un viaje fuera de su lugar de residencia.
El tercer momento del turismo, , es un momento que tiende a hacerse permanente, es el tiempo en que tanto turistas como anfitriones dejan de tener un significado individual, personal y se transforman en actores típicos, que con sus actividades construyen entidades sociales, que se vuelven más o menos permanentes a través del tiempo, a través de las constantes interacciones. Este es el momento que queda registrado en la historia, en la identidad de la colectividad, en el carácter de los pueblos, tanto de quienes viajan (Hiernaux, 2000) como de quienes reciben a los viajeros. Es un momento que se acumula hacia el tiempo pasado.
Tiene como conclusión que en la historia del turismo, la evidencia de la actividad se ha concentrado en los sitios de destino turístico y se ha desarrollado en los tres tiempos que señala, de manera secuencial y acumulativa; sin embargo plantea que en el siglo XXI esto parecería estarse transformando, como resultado de las nuevas tecnologías de información y comunicación.
Ciberturismo: multiplicación de los espacios y ruptura en la secuencialidad de los momentos.
Durante dos siglos el turismo se plantea como una actividad realizada en el tiempo de descanso, una separación de la actividad cotidiana para llegar a un sitio de destino turístico. A través de las tecnologías de información y comunicación, las cosas pueden ser distintas, los sitios distintos al propio son accesibles de forma inmediata y automática, lo cual tiene una doble implicación en el caso del turismo: por una parte el turista ya no está obligado a desplazarse para acudir a su destino y disfrutar de sus paisajes o por la otra parte, cuando se desplaza a un sitio turístico ya no necesitaría regresar a su sitio de trabajo para continuar con él. Esto transforma radicalmente la concepción del turismo como consecuencia de la realización de viajes durante el tiempo libre.
En medida en que los trabajos accedan a nuevas y mejoradas tecnologías de información y comunicación, se posibilita que las personas ya no requieran de un espacio de trabajo en la oficina o la fábrica, así como tampoco de un horario rígido o preestablecido. Esto abre la puesta a un futuro “nuevo nomadismo” (Attali, 1992) en el que los individuos se desplazarían libremente por diversas comunidades, combinando trabajo y turismo en todo momento, de una manera más libre que la que hoy se conoce. Esta nueva realidad, tenderá a romper con las estructuras vigentes hoy y con los significados que se atribuye a los diversos sitios, lugares, espacios por los que transcurre la actividad turística.
Esto será un resultado previsible de la multiplicidad de interacciones con alta indefinición de sitios de procedencia y destino, lo que incidiría muy probablemente en un desvanecimiento acumulativo de las instituciones –en su concepto sociológico- y con ello de la evidencia objetiva de los viajes y del turismo.
Teniendo como conclusión de todo el trabajo:
El ciberturismo que surge como una nueva forma incipiente de ver al turismo, a partir de la aparición de las TIC. La diferencia la centre a partir de tres ejes fundamentales, las cuales muestran una tendencia a la desaparición del turismo con los significados sociales con lo conocemos hasta hoy.
Los tres ejes sobre los que se desliza la transformación del turismo hacia un posible ciberturismo son:
1. La dilución de la línea que divide al tiempo de trabajo del tiempo de descanso, la cual originó históricamente los roles sociales de anfitrión y turista.
2. La supresión / multiplicación del territorio en el que se lleva a cabo el turismo, particularmente desde la forma en que se concibe estructuralmente para comunidades anfitrionas y emisoras de turistas.
3. La ruptura de la secuencia de momentos del turismo, con lo que se difumina la posibilidad estructurante de la vivencia turística, fundamental en la construcción de identidades.
La consecuencia de ello está en principio, en una necesidad de repensar las formas en que hoy se comprende, promueve, regula y coordina la actividad turística, las manifestaciones que conlleva y sus impactos sobre el territorio y en general su entorno social y natural.
Los espacios propios y ajenos compartidos por anfitriones y turistas, anfitriones-turistas, turistas-anfitriones y todas las combinaciones o nuevos roles que surgieran en torno a ellos, tendrán evidentemente un impacto importante en la conformación de las comunidades de sentido, de las identidades entre actores sociales y por consecuencia de la sociedad misma. Muy probablemente, bajo estas consideraciones el ciberturismo adquiera una categoría central en la configuración social de los años por venir.
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