“El hombre es
siempre narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas,
ve a través de ellas todo lo que sucede y trata de vivir su vida como si lo
contara (Sartre, 1965: 63)”.
Sartre plantea la importancia de la narrativa en la vida del individuo. Así como
también Bruner cuando asevera que: “Somos
fabricantes de historias. Narramos para darle sentido a nuestras vidas, para
comprender lo extraño de nuestra condición humana” (Bruner, 2003:
contratapa).
Ahora bien, debido a esta importancia, para pensar
en la narrativa en la enseñanza no solo se debe pensar en las materias del currículo
escolar en las que esencialmente tienen una estructura narrativa, como lo son
la literatura e historia. Jackson[1]
sostiene que es posible que no haya una sola materia en la que la narrativa o relato no tenga un rol importante.
Por lo que se entiende que aunque el contenido a enseñar no sea un relato, en
el proceso de enseñanza se incorpora la narrativa. Recuerdos, testimonios,
anécdotas, ejemplos, biografías, etc.
Entonces: ¿cómo educan los relatos y que beneficios
duraderos aportarían? Para esto el autor acude a respuestas que históricamente han
cado los educadores. Plantea que existen dos funciones educativas de los
relatos: una es la de equipar a los estudiantes con contenidos que les será útiles,
y la otra es la utilización de los relatos para lograr objetivos educativos más
profundos. Estos tienen que ver con lo que se espera que sea el estudiante sean
como seres humanos y no con los conocimientos específicos que se les pueda
otorgar.
En definitiva, para el autor, la narrativa en la
educación tendría dos funciones básicas: la primera, una función epistemológica y; la segunda una función transformadora.
Función
epistemológica
Se puede decir que es la función central por la que
se debe incluir la narrativa en la educación. Considerar que los relatos contiene
un saber existente del mundo exterior. Incluso se puede decir que no solo
contienen un saber sino más bien que son el saber que se quiere tengan los
estudiantes. Para explicar esta función Jackson cita a Richard Kuhns quien
sostiene que: “participar de una cultura
es, por definición, tener experiencia de la comunidad establecida por medio de
las formulaciones literarias de esa cultura” (Kuhns, 1974, pág. 5). Así, parecería que el saber compartido de una serie de
historias consabidas sería el que funda, al menos bajo un aspecto, el
sentimiento de formar parte de una comunidad. Por lo que el ser humando sería incapaz
de participar de forma plena en una comunidad si carecería de este saber.
Para dar cuenta de esto enumera tres historias que
son imprescindibles tener en cuenta por la cultura occidental: Adán y Eva; Segunda Guerra Mundial y asesinato de
Lincoln. Por lo que sostiene que si un hombre norteamericano que no tenga idea
de estas historias podría sufrir algunos inconvenientes en el momento de desenvolverse
en un grupo. Como por ejemplo: si un hombre no tiene ni idea de lo que ocurrió
en la segunda guerra mundial, seguro no puede entender el mundo actual. Esto
puede ser tomado en cuenta tanto en historias verdaderas como de ficción. También
puede darse esta situación por el desconocimiento o la mala interpretación de
algunos términos muy usados en ciertos ámbitos, siendo dificultosa la participación
en la conversación.
Estas carencias el
autor las denomina “grave desajuste social”. Por lo que plantea que para no
caer en esto se debe conocer al menos cientos de estas historias canónicas
(reales o ficticias), y es en la escuela donde se conoce por primera vez la mayoría
de estas.
Lo cual se presenta
como un gran conflicto a la hora de acordar cuales de las historias deben ser
enseñadas, lo que ha contribuido bastante a la desvalorización de la función epistemológica
de los relatos. Lo que provoca incertidumbre y genera que hasta los relatos que
han tejido nuestra cultura occidental sean cuestionados.
Otra de las
cuestiones que obstaculiza la revalorización del valor epistemológico de la
narrativa es el status que se lo otorga a los logros laborales por sobre lo que
muchos dicen los “lujos imprescindibles” (la narrativa). Para el autor existe
una fuerte tendencia a que los estudios humanísticos, con fuerte base en la
narrativa, son conscientemente postergados, cuando no descuidados por
completo. Asi se demuestra en un
informe de la Comisión sobre Humanidades, EEUU: “…dondequiera que la
educación básica se concentra exclusivamente en las tres destrezas
fundamentales (lectura, escritura y cálculo) y dondequiera que los logros
académicos se limitan a lo que puede ser medido por tests estandarizados, las
humanidades son consideradas lujos prescindibles”.[2]
Por lo que se evidencia que en la educación
existen otras prioridades.
La función
transformadora
La narrativa puede tener efectos importantes en los
seres humanos. Pero para Jackson son pocos los relatos que pueden causar estos
efectos en cada uno o en una sociedad. En este punto se plantea hasta donde es
razonable esperar que personas tengan cambios luego de someterse a un relato. Para
algunas un solo relato no sería suficiente para que se produzca un cambio, sin
embargo para otras, sí.
Jackson expone un ejemplo que es un dialogo de
Platón: El Gorgias[3],
en el cual parecería que cuando
Platón acude a la fábula para sostener su argumentación con el fin de sostener
a uno de sus amigos, Calicles, tal vez lo haga para los otros tres que los están
escuchando y parecen tener una actitud diferente (incluso a nosotros, los
posibles lectores del dialogo).
Pero para esto se platea que deberíamos tener un
enfoque diferente de lo que es actualmente la enseñanza. “Deberíamos pensar en los maestros no simplemente como
individuos que actúan deliberadamente –es decir, como personas encargadas de
ayudar a los estudiantes a alcanzar determinado conjunto de objetivos
educacionales- sino como individuos comprometidos en lo que el filósofo Justus
Buchler llamó una suerte de „metódica búsqueda a ciegas (…) una especie de
camaradería con el azar. Buchler seguía calificando esta relación como “una
alianza” condicional (Buchler, 1961, pág. 84)”.
Pero para Jackson esto implica que en este proceso
se debería hacer lo que se cree que es correcto aunque no se puede explicar el porqué.
Dejándolo a la intuición. Esto que
plantea Jackson es interesante porque es una cuestión que se cuestiona en la educación:
esta cuestión de la presencia de la intuición en la enseñanza. Esto resulta
impensable para aquellos que piensan en que la educación sea una ciencia. Pero como
plantea P. Woods (1998) el cual sostiene que la enseñanza tiene de ciencia como
de arte. El arte aquí estaría en la forma de entrelazar, el docente, los conceptos
teóricos con los que cuenta y los prácticos que cree convenientes para su
enseñanza (al igual que Sócrates lo hizo con Calicles). Esto provoca que cada
clase sea única e irrepetible, incluso con el mismo docente.
[1]
JACKSON, Ph. (1998) „El lugar de la narrativa en la enseñanza‟ en McEWAN, H. y
EGAN, K. (1998) „La narrativa en la enseñanza., el aprendizaje y la
investigación‟. Buenos Aires: Amorrortu.
[2]
Report, 1980: 28, Informe de la Comisión sobre Humanidades, citado por Jackson,
1998, p.30.
[3]
Sócrates discute con cuatro de sus amigos. El tópico de discusión se centra en
la cuestión de si es mejor sufrir el mal o hacerlo. Sócrates sostiene que el
hombre que hace el mal está en peor situación que el que lo sufre. A través de
sus argumentaciones parece convencer a todos menos a Calicles. Ante esto, le
propone escuchar un relato que tiene que ver con el juzgamiento de los hombres.
En el mismo se explica que, antiguamente, se juzgaba a los hombres en vida,
vestidos y en presencia (con el apoyo de sus seguidores, parientes, amigos, y demás).
Ante este hecho, los jueces, influenciados por los testimonios brindados los
declaraban virtuosos cuando no lo eran, etc. Esto provocaba una enormidad de
injusticias por eso se acude a Zeus quien desde ese momento resuelve que los
hombres serán juzgados después de muertos, desnudos. Lo harán otros muertos
también desnudos.
Muchas gracias por este texto!
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